Analía Couceyro: “Siento el horror de la falta de empatía, que es algo muy de estos tiempos”
La actriz publicó su segundo libro, impregnado de un humor innato, sobre una mujer con la adicción de espiar y robar chats ajenos en el transporte público; la menopausia, la actualidad cultural y sus lecturas de verano
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El segundo libro de la actriz y directora teatral Analía Couceyro (Buenos Aires, 1974) es una novela que comenzó como poema. “Después, la voz del personaje me empezó a reclamar una forma más narrativa, de prosa”, dice sobre la protagonista de Yendo (Emecé, $ 22.900), una mujer que ha dejado de ser joven, trabaja en el interior de una carpa gigante con cuerpo de mujer y se inicia en una rara adicción: espiar y robar chats ajenos durante los viajes en colectivos, trenes y subtes. Mientras desarrolla la habilidad para captar las charlas en las pantallas de celulares de albañiles, vendedoras, oficinistas y adolescentes, libera su celular de aplicaciones, se desconecta y se desplaza por una Buenos Aires en acelerado proceso de pauperización.

En su libro anterior, La Edad Justa (Documenta/Escénicas, $ 23.000), con fotografías de Valeria Sestua, Couceyro -que adaptó relatos de Clarice Lispector, Mariana Enriquez y su amado Osvaldo Lamborghini al teatro- escribió: “Trabajo como actriz. Y cuando escribo, a veces, creo que traduzco en palabras escenas en las que imagino que actúo”. Actualmente actúa en dos obras de autoras locales recientemente premiadas en España: los martes, ¿Qué de magnífico tiene ser yo?, de Liliana Viola, y los miércoles, Las Moiras, de Tamara Tenenbaum, ambas en el Metropolitan.
Entre la protagonista de Yendo y Couceyro hay algunos parecidos: ambas son actrices y viven en Floresta, usan el transporte público, tienen sentido del humor y una amplia paleta de registros que abarcan la cita culta (de Thomas Mann a Blanca Varela), el chiste reo y la nota etnográfica: “El froteurismo es una desviación sexual consistente en la excitación erótica mediante el rozamiento no consentido contra el cuerpo de otra persona”. A diferencia del personaje de ficción, la autora es madre de dos hijos.
“Yendo fue algo que empezó después de escribir La Edad Justa, con cuentos, crónicas y poesías; con el primer libro descubrí el placer de la escritura, o le dediqué también el tiempo suficiente a eso, que es algo que siempre hacía, pero más ocasionalmente -dice Couceyro-. En realidad, con Yendo lo que me pasó fue que quería escribir otro libro, que quiero escribir en algún momento, y me pasó lo que le pasó al personaje, que es que espío un chat en el tren Sarmiento y a partir de ahí empecé a imaginar la novela, que al principio era poesía; casi durante un año fue un poema muy largo”.
-Se narra una transformación que afecta al cuerpo del personaje.
-Hay algo de lo que le pasa al personaje que se relaciona con el cuerpo, con su propio cuerpo y con el afuera, que parece una metamorfosis que no se anima a llevar hasta el final. O no se sabe, porque el final es bastante abierto. Hay algo del tiempo actual donde el cuerpo está por un lado muy expuesto, pero por otro lado es difícil conectar con el propio cuerpo, como si nos estuviera ganando la bidimensionalidad. Y me doy cuenta de que obviamente todos mis procesos creativos están un poco teñidos de mi trabajo como actriz, porque toda mi vida actué. Entonces, la observación del cuerpo propio, de los cuerpos ajenos, es algo que siempre estuvo presente. Es como una forma que ya está en mi forma de ver las cosas.

-Se podría decir que lo que para vos es la actuación, para el personaje femenino de Yendo es el yoga.
-Es su último vestigio de una conexión más concreta con el cuerpo. También es una decisión de ella empezar a ausentarse de su cuerpo, algo que está vinculado con la menopausia; ella registra que hay un cambio, que es el cambio que tuvimos todas las mujeres más o menos a mi edad, pero que también conlleva toda una lectura, una asociación social de lo que se espera de una mujer después de eso. Cada tanto recurre al yoga porque es como una forma de volver a un lugar de presente o de vínculo distinto con ese cuerpo. Yendo es además la narración de una adicción, que claramente es algo que empieza como algo que ya no puede manejar más y de repente decide dedicarse solo a eso, a medida que va abandonando otros lugares de su vida para espiar y robar.
-El libro es bastante “multimedia”, con citas de otros libros, emojis, trayectos urbanos. ¿Fuiste descubriendo esos planos a medida que escribías?
-Son esas cosas que fueron apareciendo y te van entusiasmando; lo de los títulos de los capítulos con emojis fue un descubrimiento maravilloso. Llegué por Abraham Lincoln, al leer algo del origen de los emojis. Se supone que el primer emoji de la historia fue el suyo.
-La referencia a la película El carterista, del director francés Robert Bresson, abre otra línea de sentido.
-Cuando empecé a escribir el libro, apareció claramente la idea del robo y el robo en los colectivos y ahí recordé la película, que es extraordinaria. Y cuando volví a ver la película, me parecía que había algo de esa película que tenía que estar en el libro. Y ahí volví a los libros de Bresson, que son maravillosos, las entrevistas y Notas sobre el cinematógrafo.
-¿Recibiste comentarios de lectores?
-La novela salió en diciembre y recibo comentarios muy lindos; me escribe mucha gente que lo leyó en las vacaciones o en diferentes lugares. Yo creo que es un libro para leer en el colectivo, en el subte; espero más eso.
-¿Lo decís por las circunstancias de la protagonista?
-Siempre me lo imaginé así. Mi lector o mi lectora ideal siempre es alguien en un colectivo. Porque los capítulos son cortos y lo que me imagino como escena ideal es ir leyendo y también hacer pausas para mirar. En el mejor de los casos, cuando uno ve una película o escucha música o lee algo que tiene un tono, eso tiñe de alguna manera cómo se ve lo que está alrededor. Me parece que, como ejercicio o experimento, sería interesante leer y tomarse después un rato para mirar, para distraerse y ver a la gente alrededor. Que es algo que, con el teléfono, hacemos cada vez menos.
-¿Se puede leer Yendo como una crítica alocada a la adicción al celular?
-Claro, eso se ve mucho en los subtes, en los trenes, en los colectivos. Mirás alrededor y está todo el mundo con el teléfono. Lo veo como algo muy difícil de zafar. Es muy difícil abstraerse de esa forma de dispersión. Por eso también el personaje decide no tener más celular. Solo lo usa para tomar notas, que es como la forma de desconectarse del mundo, supuestamente. Es medio loco que el vínculo más cotidiano con el mundo, incluso con amigos, sea a través del celular. No es un comentario moral, pero me llama la atención. Y me parece que al mismo tiempo genera bastante angustia también.
-¿El celular “protege” a la gente de la crisis?
-Creo que es una forma de impermeabilizarse; la gente usa el celular para no sentirse tan abrumada. Porque subís al subte y pasan familias con nenes chiquitos pidiendo para comer, y en el último tiempo hay mucha gente loca. Es un shock de realidad muy fuerte el de los medios de transporte. Y hay gente que solo lo ve en ese momento, personas de clase media o que tienen un buen pasar y van a la oficina del centro en subte. Y por ahí es su único contacto con esas otras realidades. Y ahí creo que el celular sirve para abstraerse, incluso, no sé, de los artistas del subte.
-¿El humor es una cuerda que querías tocar?
-Es innato, como una forma de mirar el mundo. Cuando actúo, incluso en grandes tragedias, siempre tiene que haber una dosis de humor. Me cuesta mucho pensar en algo que no la tenga, aunque sea en el medio del horror.
-¿Y cuál es tu mirada sobre la situación social en el país?
-Siento el horror de la falta de empatía, que es algo muy de estos tiempos. Y todas las formas de encapsularse tienen que ver también con no entrar en contacto. No es necesario tener alguna actividad solidaria para poder observar que estamos conviviendo todo el tiempo con gente que está totalmente caída del sistema. Y que cada vez hay más gente que está recién caída del sistema, eso es bastante impactante.
-¿Cuánto aporta la literatura a tu trabajo?
-Mi relación con la literatura está desde siempre, porque yo trabajé mucho con Osvaldo Lamborghini, en el Sportivo Teatral; después hice Tadeys con Albertina Carri en el Cervantes; hice una obra en 2000 sobre siete libros distintos de Lispector, Tanta mansedumbre; después hice El rastro de Margo Glantz, El nervio óptico, de María Gainza, en el Museo Nacional de Bellas Artes, y en los cementerios de Chacarita y Olivos, Nada de carne sobre nosotras, con cuentos de Mariana Enriquez. Diría que la mayoría de mis trabajos como directora fueron versiones de obras literarias. Siempre leí mucho y siempre pensé que era un material atractivo para traducir al teatro. Leo mucho y siempre que leo subrayo y pienso que todo puede ser interpretado por cuerpos. Con mis estudiantes de la Universidad Nacional de las Artes, trabajamos sobre Vigilar y castigar, de Michel Foucault, y Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro.
-¿Qué estás leyendo ahora?
-Siempre mezclo, leo algo de ensayo, de poesía y de ficción. Acabo de terminar La estirpe, de Carla Maliandi, y empecé La mujer del malón, de Daniel Guebel; y leo la poesía de Juana Bignozzi y las clases de Gilles Deleuze sobre Spinoza. Voy seguido a ferias y cada año a la Feria de Editores. Y es divino el libro de citas de Osvaldo Baigorria, Según.
-¿Cómo vivís la “batalla cultural” del Gobierno?
-Es terrible lo que está pasando, y lo que digo de la falta de empatía cobra ribetes de persecución en el Gobierno. No es solo falta de empatía, también es falta de convivencia con lo otro. Es bastante terrorífico. Más allá de que a nivel cultural es muy difícil; está muy complicada la situación para producir teatro.
-¿Por la cuestión económica?
-Primero, los espacios públicos, como el Complejo Teatral de Buenos Aires, el Cervantes, el Colón, tienen cada vez menos presupuesto y están bastante vaciados también. Hice mi primera obra en un teatro oficial en 1996 y en 2000, mi primera obra en el San Martín. Y me acuerdo también de los talleres, no solamente a nivel programación, sino también que eran espacios de escuelas, de oficios. Todo eso lo veo bastante empobrecido. Y por otro lado, el teatro independiente es muy difícil de sostener porque los subsidios son pocos y las salas tienen muchos gastos, es muy difícil mantenerlas.
-¿Creés que es una cuestión transitoria?
-Espero que sí. Al mismo tiempo, el arte está siendo, me parece, un espacio de resistencia. Sobre todo, ante lo ideológico, porque más allá de lo económico, que empobrece las prácticas o que las limita aún más, hay un desprecio por la creatividad, por lo que se corre de la norma.
-¿Por qué los libertarios habrán elegido a artistas queridas por el público para desacreditarlas?
-Lo más triste es que el rechazo del público a eso no es masivo; no es que a todo el mundo le parece súper importante defender a sus artistas. Hay algo de lo inmediato, de resolver lo inmediato, como si lo cultural no les importara a todas las clases. Esa es una batalla que no se puede entregar.
-¿Pensás en seguir escribiendo ficciones?
-La experiencia fue excelente y estoy muy feliz con la editorial y con la editora, Ana Ojeda, que es una muy admirada escritora. Es muy particular el trabajo que ella hace con el lenguaje. Quería trabajar con ella, me parecía una interlocutora ideal; le pedí que leyera el libro y me ofreció publicarlo. Y Gabriela Halac también es una editora espectacular que le presta mucha atención a la materialidad del libro. La Edad Justa nació de una correspondencia con Valeria Sestua, que me enviaba una foto y yo escribía algo, durante las primeras semanas de la pandemia. Pero las fotos del libro son las del reencuentro. Me interesa mucho el libro como objeto. Yendo tiene diseño de tapa de Alejandro Ros; pensaba que el humor del libro tenía que estar en la tapa.
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