
Los objetos que los periodistas de The New York Times no pueden olvidar
Reporteros y editores del Times recuerdan aquellas cosas que han marcado sus coberturas, entre ellas la portada sobre la “Señora presidenta” que nunca se publicó
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1. El titular electoral que nunca se publicó
Por Dean Baquet
Es un hecho ampliamente aceptado que la portada impresa ya no tiene el poder que tenía antes, salvo en acontecimientos históricos como la elección de un nuevo presidente. Es un recuerdo, un recuerdo imborrable. Por eso existe una enorme presión para dar con el titular perfecto, uno que resista el paso del tiempo.
“Señora presidenta” era precisamente eso. No incluía el nombre de la candidata. No hacía falta. Esas dos palabras captaban el hecho de que Estados Unidos había elegido a su primera líder femenina. Era el título formal que se usaría en los actos oficiales. Y los artículos que lo acompañaban estaban pensados para detenerse en ese momento, en el papel cambiante de las mujeres en la sociedad, la política y el poder. Incluso hubo un debate a fondo sobre cómo llamar a su marido, un expresidente.
Excepto que nada de eso se publicó, porque, para sorpresa de la mayoría de nosotros en la redacción, e incluso del propio ganador, Hillary Clinton perdió las elecciones de 2016 frente a Donald Trump.

Aquella noche en la redacción —el descarte de artículos y la creación frenética de otros nuevos— fue la primera señal de la confusión y el caos que acabarían caracterizando las elecciones estadounidenses durante la siguiente década. Caos es la palabra adecuada. El lugar estaba lleno de invitados, amigos y cónyuges que daban por hecho que serían testigos de la elección de la primera mujer como presidenta.
Recuerdo sentirme en conflicto: la curiosidad del editor se mezclaba con la sorpresa de que las redacciones de todo el país se hubieran perdido algo tan importante. Pero el impulso general era arreglar las cosas, romper el periódico y empezar de nuevo —que es lo que nos dispusimos a hacer—.
Casi siempre preparamos dos portadas —de hecho, dos paquetes completos de artículos— para las elecciones presidenciales. Sería difícil, si no imposible, tener lista la combinación de análisis y biografía justo antes de la hora de cierre. Las elecciones estadounidenses suelen estar muy reñidas. En la mayoría de los casos no hay sorpresas, y los artículos de rigor sobre el candidato perdedor se dejan de lado. De hecho, había una sección especial lista para publicarse después de que George W. Bush derrotara a Al Gore, pero se detuvieron las rotativas y los periódicos se desecharon cuando Gore retiró su reconocimiento de derrota.
Pero en el caso de Clinton contra Trump, se dedicó muy poco esfuerzo a la posibilidad de que Trump ganara. La mayoría de nosotros creíamos que era muy improbable; casi todas las encuestas y la sabiduría política convencional apuntaban a que Trump perdería ante Clinton.
No se había preparado con antelación ningún titular que dijera: “Trump gana”. Fue una lección que influiría en la cobertura informativa en Estados Unidos durante los siguientes 10 años. Las encuestas están bien, pero nada supera salir a la calle y hablar con la gente. Se había producido un cambio enorme en el país, y la mayor parte de la prensa y los analistas políticos no se habían dado cuenta.

Pero aquella noche comenzó como de costumbre. Las redacciones están prácticamente en silencio mientras llegan los votos la noche de las elecciones. Las noticias ya están escritas en su mayoría. Se pide comida rápida para los editores y redactores que esperan los resultados. Lo que se acostumbra es comer pizza.
Trip Gabriel, un reportero encargado de cubrir a los votantes, recordó que no estaba tan seguro de la victoria de Clinton. Había visto indicios durante sus viajes de cobertura, pero él también esperaba que Trump perdiera. La misión de Trip esa noche electoral era hablar con los desolados votantes de Trump en un bar de clase trabajadora de Ambridge, Pensilvania, una ciudad siderúrgica en crisis.
Los clientes del bar de Ambridge no prestaban mucha atención a la cobertura televisiva que se repetía con monotonía. Se estaba disputando una feroz partida de dardos. Y, desde luego, no estaban de luto, pues estaban convencidos de que Trump ganaría.
“Por dondequiera que fueras, no había más que carteles de Trump”, recordaba Trip sobre esa zona del estado.
De vuelta en la redacción de Nueva York, tuvimos que ponernos las pilas. Los periodistas y los altos cargos se apiñaban alrededor de la sección de política, con la mirada fija en sus teléfonos o en las computadoras, mientras empezaban a llegar resultados sorprendentes desde Florida y otros lugares. De repente, una contienda que se suponía que terminaría pronto se volvía reñida. Llamé a los periodistas para preguntarles qué estaban oyendo, incluido uno en contacto con el entorno del senador Mitch McConnell. Los republicanos seguían convencidos de que Trump perdería.
Pero entonces llegaron las cifras.
En Pensilvania, Trip recibió una llamada frenética de un editor. “Dios mío”, dijo el editor. “Va a ganar”.
Trip se sentó en su coche de alquiler en el estacionamiento del bar y, en unos 45 minutos, redactó una noticia que acabaría ocupando la portada con el titular “Una ciudad obrera en declive y desesperada se decanta por Trump”.
El titular “Señora presidenta” se descartó en favor de “Donald Trump es el nuevo presidente de Estados Unidos”.
- Dean Baquet fue editor jefe de The New York Times de 2014 a 2022. Actualmente dirige el programa de becas de investigación local del Times.

2. Las cosas que llevaba conmigo
Por James P. Sterba
Después de casi dos años cubriendo la guerra, me quedaban dos días para marcharme de Vietnam y vaciar mi habitación en el Continental Palace Hotel, a media cuadra de la oficina local del Times. Hice una maleta para mi próximo destino, en Yakarta, Indonesia, pero envié por correo a casa algunas otras cosas, entre ellas recuerdos de la guerra.
Un forro de poncho ligero de nailon y poliéster, que me lanzó un comandante en una base de artillería una noche fría en las tierras altas, todavía lo uso; me lo llevo al sofá cuando mis ronquidos despiertan a mi pareja. Varios abrelatas P-38, imprescindibles para comer las raciones de campaña, están repartidos por distintos cajones. Una caja de raciones C descansa ahora en la estantería de mi despacho en casa. Y tengo un casco, o “cazuelita de acero”, como se le conocía, apoyado en una estantería del sótano. Viene de una base de combate cercana a la zona desmilitarizada, donde los cohetes norvietnamitas que llegaban solían matar y herir a los infantes de marina. Alguien me sugirió que cogiera uno de una pila de equipo que habían quitado a los fallecidos. En el interior de un pliegue de la funda de camuflaje de lona del casco que elegí hay dos palabras que interpreté como un mensaje que me dejaba un soldado de infantería fallecido: la primera era un improperio. La segunda era “tú”.
- James P. Sterba fue reportero del Times entre 1967 y 1982.
3. Un chaleco antibalas que me quedaba bien
Por Somini Sengupta
En agosto de 2003, cubría los últimos días de la guerra para derrocar a Charles Taylor, el señor de la guerra de Liberia que se convirtió en presidente. Un fotógrafo me tomó una foto durante un tiroteo, mientras cruzaba un puente en Monrovia que dividía la parte de la ciudad controlada por los rebeldes de la controlada por el gobierno. El chaleco antibalas que llevaba me quedaba claramente demasiado grande. Me quedaba enorme. Una bala o un trozo de metralla podrían haberse colado fácilmente.
Los chalecos antibalas de dotación estándar disponibles en aquel momento estaban diseñados para personas más corpulentas —hombres, supongo—. Así que pedí a la sección de Internacional que me hicieran uno a mi medida. Elegí un color que me queda bien, verde bosque, con un casco a juego. Me protegió durante 15 años y en 10 zonas de conflicto.
- Somini Sengupta fue jefa de la oficina de África Occidental de The Times entre 2003 y 2005. Actualmente es corresponsal de la sección de Internacional.
4. Publicar o no publicar
Por Jonathan Mahler
El manuscrito de 35.000 palabras —una densa y filosófica denuncia de los efectos de la tecnología sobre la humanidad y el mundo natural— llegó a las oficinas de The New York Times el 28 de junio de 1995. La carta de presentación adjunta, de cuatro páginas y escrita a mano, comenzaba así: “Si el manuscrito adjunto se publica en un plazo razonable y recibe una amplia difusión pública, desistiremos definitivamente del terrorismo”.

El FBI sospechaba que el autor era el Unabomber. La agencia había apodado así a ese hombre —que más tarde se descubrió que era Ted Kaczynski— porque los primeros destinatarios de sus paquetes bomba anónimos, que se remontaban a 1978, estaban vinculados a universidades. Sin embargo, sus víctimas más recientes habían sido un ejecutivo publicitario en 1994 y el presidente de la Asociación Forestal de California en 1995. Le dio al Times tres meses para publicar su manuscrito —íntegro—.
Los periódicos son el resultado de innumerables decisiones diarias, normalmente motivadas ante todo por el criterio periodístico. Esta era una decisión de gran envergadura que implicaba una serie de consideraciones que iban mucho más allá de las responsabilidades habituales de una organización periodística, y desencadenó un debate de tres meses en el seno del periódico sobre qué hacer.
Si el Times publicaba el tratado de Unabomber, ¿crearía un precedente peligroso, animando a otros terroristas a llevar a cabo amenazas similares? Pero, ¿y si el periódico no lo hacía y Unabomber volvía a atacar? El consenso en el mundo del periodismo era que sería un error que el Times cediera a cualquier exigencia de un terrorista.
El Washington Post también recibió una copia del manuscrito con la misma exigencia. Los editores de ambos periódicos —Arthur Ochs Sulzberger Jr. y Donald E. Graham— acordaron que debían actuar de forma conjunta.

Con la fecha límite de septiembre cada vez más próxima, Sulzberger, Graham y sus editores jefe se reunieron con el director del FBI, Louis Freeh, y la fiscal general, Janet Reno. Normalmente, cuando el Times solicita la opinión del gobierno federal sobre si debe publicar algo, la respuesta es: no lo hagan. En este caso, Freeh y Reno instaron al Times y al Post a publicar, con la esperanza de que alguien reconociera la letra y condujera a las autoridades hasta un detenido.
Los dos periódicos decidieron publicar conjuntamente el material y acordaron compartir los costos de impresión, aunque el manuscrito aparecería íntegramente como una sección independiente solo en el Post, el 19 de septiembre de 1995. La tirada del Post era menor; no solo los costos de impresión serían más bajos, sino que el FBI tendría menos quioscos en todo el país donde vigilar a posibles compradores sospechosos.
Un terrorista había conseguido presionar a los dos periódicos para que publicaran un manifiesto sin valor informativo apreciable. Pero semanas más tarde, el hermano del Unabomber, David Kaczynski, leyó extractos del manuscrito en los inicios de internet y reconoció frases que su hermano había utilizado en cartas que le había enviado. La esposa de David le urgió a ponerse en contacto con el FBI. La persecución más larga y costosa de la historia de la agencia llegó pronto a su fin. El Unabomber fue detenido.
- Jonathan Mahler es escritor de la plantilla de The New York Times Magazine.
5. El anuncio que cambió el periodismo
Por David McCraw
Una mañana de martes de marzo de 1960, se inició una revolución jurídica en el lugar más insospechado: un anuncio a página completa en The New York Times.
Los partidarios del reverendo Martin Luther King Jr. compraron el anuncio, titulado “Presten atención a sus voces que se alzan”, una frase tomada de un editorial del Times publicado unos días antes. En él se instaba a los lectores a defender a los manifestantes por los derechos civiles que estaban siendo atacados en ciudades de todo el sur. El anuncio afirmaba que, con gas lacrimógeno y escopetas, la policía de Montgomery, Alabama, se había enfrentado a estudiantes negros que se manifestaban de forma pacífica y cantaban canciones patrióticas, y que luego había cerrado con candado el comedor de su universidad “para someterlos mediante el hambre”.
Sin embargo, el anuncio contenía pequeños errores de datos, y L. B. Sullivan, un concejal blanco de Montgomery y ferviente defensor de la segregación, se dio cuenta. Estaba al frente de la policía local y demandó al Times por difamación, a pesar de que su nombre no aparecía en ninguna parte del anuncio. Un jurado le concedió una indemnización de 500.000 dólares.
Para cuando el caso llegó a la Corte Suprema en 1964, este tipo de demandas se había convertido en algo habitual entre los funcionarios del sur, quienes esperaban que esta táctica ahuyentara a los medios de comunicación del norte que informaban sobre los abusos contra los derechos civiles. Solo el Times se enfrentaba a 11 demandas por difamación presentadas por funcionarios locales y estatales que reclamaban un total de 5,6 millones de dólares.
La Corte Suprema fue inequívoca en su respuesta. En una sentencia unánime, sostuvo que, en virtud de la Primera Enmienda, los funcionarios públicos ya no podían ganar demandas por difamación a menos que pudieran demostrar que los editores habían actuado con “malicia real”. Sullivan, que no pudo demostrar que ninguno de los errores fuera intencional, se fue con las manos vacías.
El anuncio siempre me ha parecido un medio poco probable para promover la causa de la libertad de prensa. No era periodismo; no implicaba ninguna labor informativa. La decisión de publicarlo la tomaron los responsables de publicidad, no los editores. Y desestimar la demanda por difamación de Sullivan no requirió, precisamente, una profunda revisión del derecho constitucional. ¿Acaso alguno de los amigos y vecinos de Sullivan que compartían sus ideas llegó a tener una peor opinión de él a raíz de un anuncio en defensa de los derechos civiles que ni siquiera mencionaba su nombre? ¿Y que se publicó en un periódico que, en Montgomery, tenía una tirada de 35 ejemplares?
- David McCraw es vicepresidente sénior y consejero general adjunto del Times.

6. Llámame señor Jacobs
Por Pete Wells
A finales de 2011, inventé cinco nombres para imprimirlos en las tarjetas de crédito que utilizaría para pagar mis comidas como crítico gastronómico de The New York Times: Glen Bradley, Lee Jacobs, Jeff Michaels, David Malone y Mark Stern me acompañaron durante los 12 años que trabajé en ese puesto.
Aunque los críticos gastronómicos del Times llevaban mucho tiempo haciendo reservas con nombres falsos para evitar un trato especial, la necesidad de nombres falsos en las tarjetas se hizo evidente durante una de mis primeras comidas, cuando pagué con una de las mías. El camarero se la llevó y volvió con una sonrisa que apenas podía contener. La siguiente vez que llegué a ese restaurante, la encargada ni siquiera me preguntó a qué nombre estaba la reserva. Simplemente sonrió y me acompañó a una mesa.
Sin ánimo de ofender a los auténticos Bradley y Stern del mundo, los nombres estaban pensados para ser genéricos. Intentaba pasar desapercibido, evitando cualquier cosa que se quedara grabada en la memoria de un camarero o que le hiciera mirar dos veces. Por lo que sé, las tarjetas nunca me delataron. Si no me habían reconocido para cuando llegaba la cuenta, ya estaba a salvo.
Este sistema de nombres que no coincidían solo me falló cuando comía solo y había reservado con uno de mis otros cientos de alias. Una vez que había pagado, un camarero que me había estado llamando “señor Thompson” toda la noche me traía el recibo y me decía: “Gracias y que pase una buena noche, señor Jacobs”.
- Pete Wells es reportero gastronómico del Times. Fue crítico gastronómico del periódico entre 2012 y 2024.
7. Cómo vestirse para una plaga
Por Sheri Fink
En 2014, viajé a África Occidental para escribir sobre el brote generalizado de ébola en tres países afectados.
Había comprado equipo de protección en Amazon para informar desde una unidad de tratamiento y aprendí a utilizarlo en el Centro de Preparación Nacional de Anniston, Alabama, de la mano de miembros del personal de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos. Practicamos bajo el calor de septiembre, memorizando instrucciones complejas para quitarnos el equipo sin contaminarnos.

Los trajes se habían diseñado principalmente para otros entornos, como plantas de fabricación de productos químicos y fábricas farmacéuticas. Tras llegar a Liberia, descubrimos lo difícil que resultaba utilizarlos en las unidades al aire libre: impedían el paso del virus, que se transmite por contacto, pero resultaban insoportables de llevar durante largos periodos bajo un calor y una humedad intensos. El personal médico tenía que racionar el tiempo que pasaba con los pacientes para evitar deshidratarse y desmayarse en suelos contaminados con fluidos corporales infecciosos.
Al salir de la zona de riesgo, un médico se sentaba y vaciaba lo que parecía un litro de sudor de sus botas de goma. La sensación era que había que fabricar un equipo mejor, específico para los trabajadores que se ocupan de enfermedades infecciosas. Fue triste comprobar, seis años después, cuando surgió la covid, que se había avanzado muy poco.
Sheri Fink es periodista del equipo de investigación del Times, cuyo trabajo se centra a menudo en la atención médica durante las crisis.
8. Lo que quedó después del fuego cruzado
Por Suzanne Daley
En 1998, la cría de ovejas era una industria importante en Lesoto, un pequeño y empobrecido reino montañoso rodeado por Sudáfrica. No era un lugar en el que uno esperara encontrarse con peligro. De hecho, después de tres años de un mandato de cuatro como jefa de la oficina de Sudáfrica, aún no había encontrado un motivo para ir allí. Así que, cuando los ciudadanos comenzaron a protestar por unas elecciones, pensé: “Esta es mi oportunidad”.
Pero el día que partí de Johannesburgo con João Silva, nuestro fotógrafo, y Greg Marinovich, un colaborador independiente, Sudáfrica llevó a cabo una invasión sorpresa para poner fin a los disturbios. La maniobra enfrentó al ejército de Lesoto, compuesto por unos 2000 soldados, a uno de los ejércitos más sofisticados del continente. Los tanques entraron en acción. Los helicópteros sobrevolaban la zona.

Los sudafricanos no esperaban mucha resistencia. Pero la encontraron. Y nosotros nos metimos de lleno en ella.
La capital de Lesoto, Maseru, estaba en llamas y había saqueadores por todas partes. Ese día murieron unas 30 personas.
Nuestro intento de llegar a la base del ejército de Lesoto, a las afueras de la ciudad, se convirtió en un desastre. Cuando llegamos, unos francotiradores nos dispararon. Salimos a gatas del coche y nos metimos en una zanja, donde esperamos. Al cabo de un rato, apareció una patrulla sudafricana y nos retiramos con ellos, estacionándonos a cierta distancia de la base para decidir qué hacer a continuación.
Fue una mala decisión. Apenas habíamos apagado el motor cuando las balas acribillaron el lado derecho del vehículo, hiriendo a Greg en la pierna, pinchando los neumáticos y dejando sin frenos ese lado. Aun así, conseguimos escapar a toda velocidad, con el coche muy inclinado hacia un lado.
No soy muy de guardar recuerdos. Pero conservé un trozo de aquel coche: un recordatorio de cómo, sin previo aviso, la vida puede dar un giro muy malo.
- Suzanne Daley fue jefa de la oficina de Sudáfrica del Times entre 1995 y 1999. Actualmente supervisa la edición impresa internacional.
9. Seguridad en colores
Por Hiroko Tabuchi
Cuando un tsunami en 2011 dejó fuera de combate la central nuclear de Fukushima Daiichi en Japón, provocando la fusión del combustible, los periodistas sobre el terreno se encontraron, en un principio, en la más absoluta incertidumbre. ¿Cuánta radiación había ahí fuera? ¿Estábamos a salvo? De alguna manera, el director de nuestra oficina de Tokio consiguió un contador Geiger Soeks de fabricación rusa en un rincón recóndito del mercado en línea japonés. Más pequeño que un teléfono celular, mostraba los niveles de radiación en microsieverts —la unidad de medida internacional preferida— junto con sencillos códigos de colores: verde para indicar que era seguro, amarillo cuando se requería precaución y rojo para lo que era peligroso.

Me lo llevaba a todas partes, incluso a lo más profundo de la zona de exclusión radiactiva, donde los relojes seguían parados a las 2:46 PM y las vacas abandonadas nos observaban desde entre los setos.
En un momento dado, detrás de una casa desierta, el dispositivo parpadeó en rojo y alcanzó los 14 microsieverts por hora. (Los niveles de radiación de fondo rondan los 0,1 microsieverts por hora). Sin embargo, resultaba difícil seguir aterrorizado ante una amenaza invisible. Poco después de que los destellos disminuyeran, un evacuado con el que estaba se bajó el traje de protección hasta la cintura para fumar un cigarrillo.
Todavía me pregunto si los elevados niveles de radiación con los que me encontré aumentaron mi riesgo de padecer cáncer. Cuando el Soeks dio un pico, sí que intenté salir de allí cuanto antes. Si vivo una vida larga y saludable, se lo deberé, al menos en parte, a este pequeño dispositivo.
- Hiroko Tabuchi fue corresponsal de economía en Tokio para el Times entre 2009 y 2014. Actualmente se ocupa de temas relacionados con la contaminación y el medio ambiente.
10. Después de investigar a Weinstein durante seis meses, recibieron este correo electrónico
Por Jodi Kantor y Megan Twohey
La mañana del 5 de octubre de 2017, horas antes de que publicáramos nuestra investigación en la que revelábamos que el productor de cine Harvey Weinstein había acosado y abusado de mujeres durante décadas, recibimos un correo electrónico inesperado.
Estábamos a la espera de la respuesta de Weinstein a nuestras conclusiones y de ver si cumpliría con sus amenazas de demandar al periódico. Y aunque nuestro artículo se basaba en un rastro legal y financiero de acuerdos secretos y expedientes de recursos humanos condenatorios, solo dos mujeres se habían mostrado dispuestas a compartir sus testimonios de forma oficial.
Una de ellas era Laura Madden, quien tenía un terrible relato sobre los abusos que sufrió a manos de Weinstein cuando trabajaba como su asistente un cuarto de siglo antes. Durante meses, ella y Jodi habían estado hablando —por mensaje, por teléfono, en una playa de Cornualles— y nos había dado permiso para utilizar su nombre y su experiencia.
Pero presentar acusaciones contra hombres poderosos podía salir mal, ya que las denunciantes se exponían a sufrir ataques públicos. Weinstein tenía fama de ser vengativo. Madden, y todas las demás mujeres implicadas, se enfrentaban a la pregunta: ¿por qué dar el paso?
Además, tenía que lidiar con otro factor. Madden había recibido recientemente tratamiento contra el cáncer de mama, y su segunda mastectomía y cirugía reconstructiva iban a coincidir con la publicación de nuestro artículo.
A medida que se acercaba nuestra fecha límite, nos preocupaba que se echara para atrás.
A las 6:56 a. m., recibimos un correo electrónico de Madden:
Me siento obligada a hablar de lo que me ocurrió en Miramax, ya que soy consciente de que me encuentro en la afortunada situación de no trabajar en la industria cinematográfica, por lo que mi sustento no se verá afectado. Tampoco soy una de las que han sido silenciadas, aunque personas del entorno de Harvey Weinstein hayan intentado convencerme de que guardara silencio. Tampoco tengo ninguna orden de silencio en mi contra. Siento que estoy alzando la voz en nombre de las mujeres que no pueden hacerlo porque su sustento o sus matrimonios podrían verse afectados. Soy madre de tres hijas y no quiero que tengan que aceptar este tipo de comportamiento acosador en ningún ámbito como algo “normal”. He pasado por problemas de salud que me han cambiado la vida y sé que el tiempo es precioso y que es importante plantar cara a los acosadores. Toda mi familia apoya mi decisión. Me complace que conste mi declaración. Buena suerte
Mis mejores deseos
Laura
- Jodi Kantor y Megan Twohey son periodistas de investigación del Times. Su investigación sobre Harvey Weinstein les valió el Premio Pulitzer de 2018 al servicio público.

11. Juego de té y condolencias
Por David Rohde
Al igual que decenas de periodistas, el 11 de septiembre de 2001 me dirigí al World Trade Center tras enterarme de que un avión se había estrellado contra una de las torres. Cuando salí del metro, vi ambas torres en llamas. Al igual que miles de personas, corrí para salvar mi vida mientras cada una de ellas se derrumbaba.
Poco después, sin embargo, me dirigí al número 125 de Cedar Street, temiendo que la madre de un amigo de la universidad pudiera estar atrapada en el interior. Era el apartamento donde, años antes, había pasado mi primera noche en Nueva York. Además, tenía vistas al World Trade Center.
Encontré a un bombero y le pedí que me ayudara a registrar el lugar. Después de que derribara la puerta con un hacha, no encontramos a nadie dentro. El derrumbe de las torres había hecho que las ventanas se rompieran hacia dentro: no solo se habían hecho añicos los cristales, sino que los marcos metálicos habían irrumpido en el apartamento y habían quedado esparcidos por el suelo.
Trozos de hormigón y cristal cubrían el piso, que estaba cubierto de polvo. En el suelo, encontré una hoja de papel hecha jirones de Cantor Fitzgerald, una empresa de inversiones de la torre norte que perdió a 658 personas aquel día. Me desconcertaba cómo había llegado ese papel al apartamento; la vivienda daba a la torre sur, no a la norte.

Unos días más tarde, volví a visitar el apartamento con Eddie Keating, un fotógrafo del Times. Cuando entramos, pensé que las ventanas, o quizá el papel de Cantor Fitzgerald que había en el suelo, llamarían la atención de Eddie.
En cambio, Eddie, casi sin decir nada, recorrió la vivienda de un extremo a otro. El clic de su cámara rompía el silencio de vez en cuando. Nos fuimos, creo, al cabo de unos 10 minutos, ansiosos por capturar lo que pudiéramos en la zona cero antes de que la policía nos echara.
Días más tarde, una foto que Eddie había tomado en el apartamento apareció en la portada de una sección titulada “Una nación a prueba”. Era un primer plano de un juego de té de peltre cubierto de polvo, un regalo de boda de hacía 30 años. Era un objeto corriente que se me había pasado por completo por alto. Eddie dijo que había pasado varias veces junto al juego de té sin fotografiarlo. Lo hizo justo antes de salir del apartamento porque sintió que el juego de té le gritaba que lo fotografiara. Eddie, por supuesto, vio algo: la línea divisoria entre el antes y el después.
Durante meses, Eddie se dedicó a documentar la búsqueda de sobrevivientes y las labores de limpieza en la zona cero: respirando aire tóxico, esquivando a la policía e incluso disfrazándose de trabajador. Utilizó la fotografía para capturar lo que se había perdido y el heroísmo de quienes participaban en la búsqueda. Su trabajo ayudó al Times a ganar el Premio Pulitzer de 2002 en la categoría de fotografía de noticias de última hora. Pero el juego de té será, para siempre, su imagen más emblemática de aquellos días.
El juego de té, ahora limpio, se encuentra en el Museo Conmemorativo del 11-S. Tras el fallecimiento de la madre de mi amigo, Elaine Williamson, en 2013, su familia lo donó al museo. Eddie murió de cáncer en 2021 a los 65 años. Atribuyó la enfermedad a los meses que pasó en la zona cero. Antes de morir, me llamó con una sencilla petición: ¿firmaría yo una declaración jurada que atestiguara que él había trabajado en la zona cero? Así lo hice.
- David Rohde fue reportero del Times entre 1996 y 2011. Actualmente es reportero sénior de seguridad nacional para MS NOW.
12. Distracción en tiempos de guerra
Por Sarah Lyall
Antes de que existiera Wordle, antes de que existiera Connections, antes de que existieran Spelling Bee, Strands o el sudoku, estaba el pionero de los pasatiempos del New York Times: el crucigrama. Y antes del crucigrama, el periódico no tenía ningún pasatiempo.
La publicación del primer crucigrama, el 15 de febrero de 1942, fue una concesión al gusto popular y un audaz salto a un nuevo territorio para el conservador Times. Aunque la mayoría de los principales periódicos estadounidenses llevaban años publicando crucigramas, este periódico se negaba a hacerlo y los criticaba con frecuencia en sus páginas. Son “una especie de ejercicio mental primitivo”, escribió el Times, con irritación, en 1924, y “una pecaminosa pérdida de tiempo”.
Pero entonces se produjo el bombardeo de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, y el ambiente en el país se tornó sombrío. ¿No se merecían los lectores una actividad para distraerse?
“Deberíamos seguir adelante con el crucigrama”, escribió el 18 de diciembre el editor dominical del Times, Lester Markel, en un memorándum dirigido al editor, Arthur Hays Sulzberger, “sobre todo teniendo en cuenta que es posible que ahora haya horas de apagón sombrías —o, si no es así, sin duda habrá necesidad de algún tipo de relajación”.
El memorándum de Markel se adjuntaba a una nota dirigida al editor por la pionera editora de crucigramas Margaret Petherbridge Farrar, quien expuso sus propios argumentos a favor de que el periódico incluyera el crucigrama. “No creo que tenga que convencerte del aumento de la demanda de este tipo de pasatiempo en un mundo cada vez más preocupado”, escribió.
Añadió: “No puedes pensar en tus problemas mientras resuelves un crucigrama”.
El crucigrama moderno había sido creado por Arthur Wynne, de The New York World, cuando ideó lo que él denominó un “Word-Cross”, que hizo su debut el 21 de diciembre de 1913.
En 1921, la secretaria del editor jefe, Margaret Petherbridge —que pasaría a llamarse Margaret Farrar al casarse con John C. Farrar, uno de los fundadores de Farrar, Straus and Giroux—, recibió el encargo de ayudar a Wynne.
Aunque al principio descartó los crucigramas como “una especie de molestia necesaria en el rincón más recóndito del periódico”, pronto se contagió de esa afición.
Mientras tanto, los estadounidenses se volvían locos por este nuevo pasatiempo. Un libro de crucigramas editado por Petherbridge y otros, publicado en 1924 por la incipiente editorial Simon & Schuster, vendió 350.000 ejemplares solo durante el primer año. Las bibliotecas se vieron inundadas de “crucigramistas”, como se denomina a quienes resuelven crucigramas.

Cuando el Times finalmente cambió de rumbo, solo había una persona a quien había que contratar para dirigir esta nueva sección: Farrar. En sus 26 años como editora fundadora de los crucigramas del periódico, contribuyó a iniciar la era del crucigrama moderno, estableciendo normas y prácticas para todo el sector. Entre sus reglas: todas las letras del crucigrama deben cruzarse con al menos otra letra, no se pueden repetir palabras en la cuadrícula y esta debe tener simetría rotacional. (Estas reglas se incumplen en ocasiones especiales).
El primer crucigrama, elaborado por Charles Erlenkotter, se llamó “Titulares y notas al pie”. Incluía preguntas sobre curiosidades, vocabulario y actualidad; citas de Shakespeare; referencias a la mitología griega y romana; y numerosas alusiones a la guerra.
Farrar, bautizada como la “gran dama de los crucigramas estadounidenses” por The Washington Post, contribuía ocasionalmente con crucigramas que ella misma había creado, bajo el seudónimo de Anna Gram. Siguió editando crucigramas tras su jubilación del Times. Cuando falleció, en 1984, estaba trabajando en su libro número 134 de crucigramas.
- Sarah Lyall es redactora del Times.
13. Luz al final del túnel
Por Archie Tse
A finales de 2003, me encontraba en Irak en una misión para la sección de Gráficos cuando el ejército estadounidense capturó a Sadam Husein, el derrocado líder iraquí. Lo encontraron escondido en un “agujero de araña” en una granja rústica y aislada cerca de Tikrit.
Al día siguiente de que se anunciara su captura, se permitió a los periodistas visitar el lugar. Nos reunimos en una base provisional estadounidense, pero los responsables de prensa del ejército dijeron que habían alcanzado el límite de periodistas que podían llevar. Con la ayuda de John Burns, nuestro corresponsal jefe en el extranjero, supliqué al responsable de prensa del ejército, explicándole que yo era el único reportero de la sección de Gráficos presente allí. John y yo conseguimos subir al último helicóptero Black Hawk con destino a la granja.
Una vez allí, nos turnamos para bajar al agujero de araña, un pozo vertical lo suficientemente ancho como para que cupiera una sola persona. Daba a un espacio horizontal de unos 180 centímetros, 76 centímetros de ancho y 76 centímetros de alto. En un extremo había una rejilla de ventilación y en el otro, una bombilla fluorescente. Ninguna de las dos estaba encendida, por lo que el espacio resultaba oscuro y claustrofóbico.
En Nueva York, mientras me preparaba para el reportaje, había metido en la maleta una linterna frontal, sobre todo por mi tendencia compulsiva a prepararme en exceso. Pero, una vez abajo en el agujero, resultó útil, ya que me permitió dibujar rápidamente en mi cuaderno de bocetos aquel espacio con forma de ataúd.
A partir de esos bocetos, publicamos un diagrama ilustrado del lugar, que ofrecía a los lectores una visión detallada de dónde había pasado Hussein sus últimos momentos como fugitivo.
- Archie Tse es el director de diseño gráfico del Times.

14. Una entrega especial
Por Susanne Craig
Durante su campaña para su primer mandato como presidente, Donald Trump prometió repetidamente a los votantes que haría públicas sus declaraciones de impuestos. Nunca lo hizo, y yo pasé meses intentando desvelar el misterio de sus finanzas. Entonces, un viernes de septiembre de 2016, encontré en el buzón de mi oficina un sobre de papel manila que contenía tres páginas de lo que parecían ser las declaraciones de la renta de Trump de 1995. Revelaban pérdidas astronómicas para ese año —casi mil millones de dólares—, una cifra que contrastaba con la imagen de exitoso hombre de negocios que presentaba a los votantes.
Tras autentificar los documentos, mis colegas y yo emprendimos una odisea periodística que duró años. Esto condujo a revelaciones según las cuales Trump había heredado cientos de millones de dólares de su padre, gran parte de los cuales se habían incrementado mediante fraude fiscal, y que la mayoría de sus negocios perdían dinero de forma sistemática.
- Susanne Craig es periodista de investigación del Times. Compartió el Premio Pulitzer de 2019 en la categoría de periodismo explicativo con David Barstow y Russ Buettner.

