
"Si logro que se fabrique en serie, espero dar trabajo en el país"
El ingeniero autodidacto prefiere quedarse, aunque lo tientan desde el extranjero
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Si uno creyera en la predestinación, el señor Gustavo Labala, ingeniero aeronáutico autodidacto , podría haber nacido para levantar la vapuleada autoestima de los argentinos.
Tal vez en camino de eso anteayer la Fuerza Aérea Argentina (FAA) anunció con bombos y platillos el inicio de la homologación de su turbina aeronáutica GFL 2000, un motor ultracompacto, ultraliviano e insólitamente resistente (55 kilogramos, 200 hp de potencia, 5000 horas de vida útil estimada) que él inventó y el Centro Atómico Bariloche (CAB) perfeccionó.
Labala nació el 28 de octubre de 1955, en Lanús, provincia de Buenos Aires. Varios hechos hacen sospechar que de haberlo hecho en Carlton, Ohio, o en Medford, Oregon, Estados Unidos, hoy sería tan famoso o rico como fue Henry Ford en su momento, o Bill Gates hoy.
El primero se manifestó en 1967, cuando a los 12 años, Gustavo diseñó y armó su primer automóvil con fierros viejos y salió a manejarlo.
A los 16 años Labala ya era un preparador respetado de autos de carrera en la categoría más dura de los años 70, el llamado turismo nacional, en la que ganaba buen dinero.
Luego de correr varias veces decidió que no había desafío técnico suficiente en el automovilismo, se hizo piloto aeronáutico e inmediatamente empezó a tratar de mejorar los motores existentes con su innata intuición para la mecánica.
Labala concentró su curiosidad en las turbinas. "Como no era ingeniero -reconoce el ingeniero nuclear Pablo Florido, del CAB-, no leía los manuales, y por lo tanto no sabía que, según los libros, es literalmente imposible hacer una turbina que pese menos de trescientos o doscientos kilogramos. Y por lo tanto, la hizo. Le tomó quince años, pero la hizo."
Como hombre práctico, lo primero que le buscó Labala a su aparato fueron aplicaciones no aeronáuticas. Una es la producción de electricidad de tres megavatios de potencia (suficiente para iluminar 300 casas).
Diseñada para zonas rurales aisladas, esta turbina da un doble servicio: electricidad por la bornera del generador y, por la tobera de escape, calor para secado de granos de los agricultores de la zona.
No figuraba en los manuales
Pablo Florido,ingeniero del Instituto Balseiro, en Bariloche (CAB) se enteró de la existencia de Labala por su hermano, Alejandro, empresario e ingeniero en sistemas.
Alejandro Florido enfrentaba una tarea difícil: hacer un nuevo sistema de enriquecimiento de uranio.
Pablo necesitaba turbinas ultracompactas y de enorme potencia. Pero había agotado 60 años de bibliografía y llegado a la conclusión de que el aparato que necesitaba no existía en ningún lugar del mundo. Lo decían todos los manuales.
Sin embargo, hace cinco años sonó el teléfono y la voz de su hermano Alejandro le dijo desde Buenos Aires: "La turbina que vos decís que no existe pasó volando esta mañana sobre mi casa".
Pablo Florido y Gustavo Labala simpatizaron de inmediato y la deslumbrante turbina, una vez que el ingeniero la tuvo adelante , fue a dar con sus fierros al CAB.
Allí, pulida a fondo en sus detalles por los mejores ingenieros de la Argentina, desarrolló una fortaleza sólo explicable por su insólita sencillez: no consta de 1500 ni de 500 piezas, sino de 33. Una versión de ese aparato hoy mueve gases de uranio en los ductos del Proyecto Sigma de Enriquecimiento de Uranio.
"¿Qué futuro puede tener mi invento aquí en la Argentina? Si logro que se fabrique en serie, dar trabajo calificado, exportar, y cambiar un poco el perfil del país", dice Labala en su taller de inventor de La Matanza.
Tentado cada vez más frecuentemente por ofertas de fabricantes de los Estados Unidos, por ahora este hombre de Lanús sigue prefiriendo el Sur.
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